viernes, 30 de diciembre de 2011

Indelebles

El 20 de noviembre de 2004 fui a República Cromagnon. Tocaba Carajo. Con mis 17 años todavía me gustaba lo que hacían, y el primero había sido un discazo. Además, nunca los había visto aún. Me daba paja irme hasta Once, pero algo ubicaba, así que arrancamos con 2 amigos.

No me acuerdo mucho del show ya. Se que al final revolearon rollos de papel higiénico con 'Sacate la mierda'. Que salí lleno de moretones en la espalda y al otro día mi vieja no entendía por qué. Recuerdo que, muerto de calor, me había ido para atrás, a una barra, y estaba el boludo de Olmedo, seguramente cubriendo para la Rock&Pop, porque Carajo venía en pleno ascenso. También me acuerdo que las escaleras estaban hasta la manija de gente y que me había gustado mucho el lugar, 'es lejos pero da para volver', habría dicho.

También me acuerdo que me pareció una pelotudez que alguien prendiese una bengala ahí. No daba. No había mirado el techo ni un carajo, pero no importa. No daba. Como tampoco me parecía que diese en el Luna, ni en Obras, ni en cualquier otro lugar cerrado de los que conocía/conozco.

Y, claro, esto no puedo recordarlo porque jamás lo pensé ahí, en ese momento, pero 40 días después, supe que no me había muerto de pedo.


Esto lo escribí en algún momento del 2005, parece mentira que haya sido ya hace 7 años; y aún hoy parece mentira que haya pasado lo que pasó, parece mentira que la justicia siga sin aparecer, parece mentira que la gran mayoría no haya aprendido un carajo...

...y pensando en esto último, no, no parece mentira una mierda. Es parte de lo que lamentablemente somos.

Hoy le cambiaría unas cuantas cosas, pero bueno, hoy tengo 7 años más. En su momento salió así, así que así va. El título es el de allá arriba.

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¡Exclusivo! Me sacaste el sueño
en la misma noche que mueren los sueños,
en la misma noche que nacen los sueños;
en la misma noche, el humo lo nubló..

No compartía todo, compartía el hecho,
(pude haber estado en el mismo lecho);
pude haber perdido muchos buenos ecos,
como esas copas que la noche quebró.

¡Brindo por todos ellos que hoy no pueden brindar;
realmente estoy muy mal, pero al menos puedo estar!
(¡mal de muchos, consuelo de tontos!).
Pero sigo sin entender...
¡No! ¡No! Nunca voy a entender...
Nada tiene que ser así,
nadie puede quererlo así.
No podemos los ojos cerrar,
la memoria no perecerá...

Esto nunca va a tener final
porque nunca debió empezar.
En una sola escena ves morir amor,
ves morir pasión, odio y corazón.

Construyen un santuario (desesperación),
cambian nombres y leyes (cierran el cajón);
olvídense, tan simple; ha de ser imposible
que la injusticia sonría mientras suene el rock.

¡Brindo por todos ellos que hoy no pueden brindar;
realmente estoy muy mal, pero al menos puedo estar!
(¡mal de muchos, consuelo de tontos!).
Pero sigo sin entender.. .
¡No! ¡No! Nunca voy a entender...
Nada tiene que ser así,
nadie puede quererlo así,
no podemos los ojos cerrar,
La memoria no perecerá...

Esas pobres almas pedían a gritos libertad.

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Brindo por los 194 pibes, los cientos de heridos, los que todavía hoy la reman por haber sobrevivido a semejante tragedia... y porque no pase nunca más.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Efigie (LIII)

Mirá cuánto tiempo sin postear nada el pibe este. Qué desubicado.
Ya le voy a dar forma a eso que estoy escribiendo que no es esto que escribí ayer, y van a ver. Van a ver.
O no.

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Una sombra moldeada,
desnuda,
acorde,
imperfecta.

Un sendero cubierto
de fuego,
ilusiones
de lluvia.

Dos estrellas se encienden,
se nublan,
me ciegan,
me inundan.

La figura de una voz
me llama,
entero
me posee.

Un cielo ondulado
todo cubre,
todo atrae,
con su aroma.

Dos rutas se enfrentan,
me quieren,
completo
me rodean.

Dos destinos nacen,
pelean,
se unen
y mandan.

Vulgar y sin culpa
las veo:
2 fuentes de vida,
mi sed les entrego.

Un
parque
de
diversiones.

Bifurco, de nuevo,
mi vida:
2 raíces
del árbol más bello;

trepo hasta su copa
y el lujo:
su fruto,
llamado deseo.

Detrás,
pasado ya no veo:
la curva
de un valle, perfecta.

En él yo me quedo;
jugando
me duermo
en tu sueño.

(mi vida).

lunes, 24 de octubre de 2011

María Soledad

Pameo/meopa encontrado entre el fin del 23/10 y el comienzo del día siguiente, claro.

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María Soledad es una invención mía
que jamás pude recordar.
Nunca logré entender lo que decía al hablarme
(en mi vida la oí),
así como me resulta imposible explicarles
si era una simple (¡jamás!) mujer con dos caras o,
de tal forma,
una moneda demasiado perfecta para ser gastada,
acuñada en mil noches de sol y hastío
como el lema más bienquisto y perenne 
del peor de los otoños.

María se volvió una asesina y Soledad no se anima a matar.
Entre ambas sedujeron a los diablos más pobres
que alguna vez pisaron la tierra
(y mordieron el polvo).
Javier deseó a María sin saberlo años antes de conocerla,
sin siquiera ser capaz de soñar con ella.
Soledad devoró su inocencia en tres bellos actos
y sobre su ilusión cadáver se notaba la cruz
que tallaron en su espalda.
Una de ellas (adivinen cual)
supo ver muerta a la muerte,
conoció todas sus caras e intentó morir,
estúpida y naturalmente.
Vivió lapidariamente hasta encontrar su lugar en el mundo.
Su amiga besó a un imbécil antes del amor,
su amor hizo lo mismo antes de conocerla.

La mayor de ellas tiene miedo,
la restante no lo sabe,
y ella, única e indivisa,
podría deshacerme instintivamente,
como el agua forma el barro con su canto,
y ese canto hiere al cielo, en silencio,
el silencio que, otra vez, ella, me dijo
cuando sus ojos lo vieron, a él, en llanto,
ahogándome a mi, y sus ojos secos.

Soledad está conmigo, ahora lo saben,
pues María nunca me ha abandonado.
No ha vuelto a tener ella una Navidad buena,
ni la voy a tener yo, quizás, en años.
Por esa cama que él dejó ausente, ese segundo injusto,
injusto el tiempo, la vida y todos:
el amigo perdido y su mutismo que me atormenta,
un regalo exquisito, puro, su alma envuelta en un árbol blanco
al que el invierno desnudó de color para que luego la primavera,
el fin de la última primavera
lo arrancara de raíz para esconderlo, deshonrarlo,
mutarlo hacia otra especie.
Un alma, un árbol, madera para un sólo lápiz
con el que hoy ella escribe su historia.

En su ausencia,
en silencio,
María Soledad.

martes, 18 de octubre de 2011

El menú

Les tararearía la melodía, pero no está buena, y además no se entendería.
(breve oración consecuencia de mis ganas de escribir "tararearía", que me parece una palabra genial).

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Hoy quisiera un consejo, o quizás dos
(así al fin tenés para elegir).
Miro el menú y ya te pido el postre, para empezar,
total, ya pasó la hora de cenar.

El primer plato era tentador, casi me engañó
(esa noche lo pude probar),
volvió a las manos de aquél cocinero, el peor gourmet
que con minutas se sabe arreglar.

Sí, vos sabés
que si hay apuro y vendés tu tiempo,
el reloj no te va a ayudar.

El principal resultó estar frío, ¿podés creer?
No importó cuanto lo quería comer.
No soy un tipo hábil en la cocina, no se muy bien
como tomar del mango la sartén.

Sin embargo yo preparé la mesa, hallé el lugar,
hasta tomamos vino del mejor,
pero parece que se me hizo tarde, o se arrepintió,
o se perdió al pasarme a buscar.

¿O no sabés
que si los ojos no rompen la foto
entera siempre la verás?

Al fin llegó lo que a mi más me gusta, se hizo esperar,
no es nada especial la presentación.
Le pregunto entonces a usted, mi linda cuisinière,
si el secreto va estar en el sabor.

Tan dulce que tendría que estar prohibido,
tan oscuro que apenas puedo ver.
Cierro los ojos y disfruto todo en mi paladar
y pido repetir sin siquiera mi boca limpiar.

Porque sabés
que no tiene caso marcar las cartas
en la belleza del azar.

martes, 27 de septiembre de 2011

Veteres ludi


Ninfas. Eso es lo que eran. No había soberanías allí. Imposible se tratase de emperatrices, sumas majestades acompañando al camino. De ninguna manera. Eran ninfas. Yo puedo decirlo, pues presencié toda la escena. Por desgracia no puedo asegurar sus nombres (atribuyo esto a la belleza y el horror vividos), pero mis recuerdos me aproximan a llamarlas Adrastea y Deyopea.

En el centro del cuadro, él. Permítanme desdeñar el nombre del pobre diablo; si lo despojo del poco orgullo que le queda, desaparecerá. Y claro está, todos (incluso él) preferimos que muera. Sólo mencionaré su larga cabellera oscura, presuntamente negra. Se lo notaba divertido y tenso; aunque creía no poder perder, sabía que algo andaba mal. Intentaría echar mano a sus amuletos, pero de poco sirve el hielo junto al fuego.

La prohibición de fumar resulta francamente inútil. El ambiente se mantiene, digamos, agradable. Sin dudas parece haber más gente (esto tampoco lo recuerdo exactamente), pero aquellos son sólo espectadores. Las luces son tres, aunque una mengüe constantemente.
Adrastea ríe mientras chispea un encendedor que encontró en su bolsillo – ella no lo puso allí, pero no le resulta extraño –. No diviso una sola salida del lugar, a no ser por un amplio ventanal en el lejano techo, vidriado, invisible por la plenitud de la noche.

El muchacho inspira gustoso. El aire está puro.

Delante suyo, se ve una antigua mesa de estilo inglés con varios motivos decorativos, rulos y ribetes formando bellezas laberínticas a lo largo del extenso mueble. El mismo posee 6 bases y se encuentra forrado en un pacífico paño verde, suave como la piel de Deyopea, quien se mantiene cautiva y dócil, en silencio, frotando unos palillos que recogiera camino a ese recinto, años atrás. Nuestro protagonista bebe un whisky rojo que él mismo se sirviese del manantial posterior minutos antes de dirigirse a la mesa, y al notar los leves movimientos de los dedos de Deyopea, pierde el control de los suyos, derramando el contenido de su vaso que cae intacto sobre el glauco paño. Éste se oscurece tan pronto como sus ojos. La audiencia permanece calma y alguien retira el ya inocuo recipiente.

El muchacho se estremece. Su esperanza es inflamable.

Las ninfas no beben y la acción comienza en la mano derecha de nuestro protagonista, que agita los dados, impetuosos, perfectos cubos blancos numerados. La tensión es máxima al verlos libres en el aire, en un azar movedizo e invariable. La suerte ya está echada. Los dados rebotan al final de la mesa y proponen la segunda dosis de adrenalina, esa fugaz y giratoria carrera hacia el pasado que Él puede apreciar cada vez más de cerca, de nuevo un destino inconmovible a punto de ser descubierto. Adrastea sonríe exageradamente mientras Deyopea nubla sus ojos.

Los dados mueren en la alcohólica mancha sinople y arrojan un profundo doble 5. No hay premios para aquella coincidencia en el juego popular. El muchacho se lamenta, frunciendo sus labios y cerrando sus ojos, e invitando a su mente a unos pocos segundos de reflexión. En la sala hay un leve murmullo. Sus manos se encuentran vencidas, totalmente abiertas sobre la mesa, aquél plato en donde su victoria fue servida y devorada.

Buscando consuelo, un infantil consuelo, sus dedos se estiran, vengativos, buscando los dados una vez más. El rastreo comienza a ciegas, pero abre los ojos al no encontrar el éxito, al tiempo en que la sala vuelve a silenciarse. Pero esta vez, la quietud es mayor. El conticinio es absoluto, innegable, al cruzarse su mirada con la de Adrastea quien muestra, firme, su puño derecho cerrado frente a la humanidad de quien, a estas alturas, ya era su adversario.

- ‘No puedes jugar contra mi’, disparó Él, convencido.

Sus miradas continuaban enfrentadas, graves, incólumes. Por primera vez, rivales. Adrastea giró su cuello, y volvió su mirada hacia el paño. Deyopea, incrédula, caminó en silencio hasta estar a un solo paso de distancia del muchacho. Sus manos estaban a pocos centímetros.

- ‘Cambiaron las reglas’, exclamó Adrastea, mientras su puño se deformaba dando a nacer al azar, nuevamente.

Nuestro protagonista no quiso mirar, pero no pudo evitarlo, al ver sólo un dado girar en el aire. ¿Qué se proponía aquella, con semejante necedad? El pequeño cubo apenas llegó al final de la mesa, y detuvo el tiempo en un resultado ensordecedor. La cara triunfante mostraba 7 puntos negros sobre ella.

El muchacho, atónito, comenzó a pedir explicaciones cada vez más exaltado, ante una Adrastea que se alejaba de la mesa lentamente. La espalda de aquella ninfa lo hacía sentirse paralizado. Apenas sí pudo moverse cuando las lágrimas vencieron a sus endebles rodillas.

- ‘No has hecho trampa’, balbuceó Él, ‘y sin embargo, eso es lo que más me duele’.

Sintiendo como si aquél fuera el mayor sacrificio jamás realizado, como si de él se desprendieran años futuros para lograr volver al pasado, nuestro corroído protagonista giró sobre su espalda, buscando a Deyopea. Empezaba a amanecer, y la oscuridad ya no era tan espesa en el lugar. La ninfa lo apreciaba, abatido y frágil como lo describían sus ojos. A su alrededor, la audiencia se revelaba: sátiros en su mayoría, malvados contenidos aún ante los vestigios del orgullo del caído. No podían verla, pero Adrastea aún estaba allí: aquellos lascivos desenfrenados no habían permitido que hiciera su camino y la atrapaban entre sus sombras, desluciéndola a la distancia. Podían sentir su presencia como ella padecer lo viciado y vacío del nuevo ambiente.

Con la fuerza que no tenía ni supo encontrar, el muchacho logró devolver uno de sus pies nuevamente al suelo. La rodilla derecha seguía inamovible. No podría incorporarse solo. Ni tampoco querría hacerlo. No con Deyopea allí, frente a él, magnífica, aún en su miedo por el miedo. Ella lo miraba, tenue, como la única luz que aún se mantenía encendida en el recinto, que la enfocaba directamente.

- ‘Por favor, Deyopea’, suplicó Él. ‘Juega’.

Aún quedaba un dado por lanzar.

martes, 20 de septiembre de 2011

Reina (su beso)

Tanto tiempo.
Algunas cosas no se notan.

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Yo no se a vos que te ven,
si al amanecer nunca sos capaz de conmover;
siempre tan gris, aunque te maquillés,
cuando el sol pega en tu sombra, se quiere esconder.

El verano te pone cruel, me tiento con abandonar
pero no puedo (aún no puedo).
Con frío el tono cambiás, pero nunca
me sorprendés (en 25 años, una vez).

Y sigo acá, mirándote, viviéndote,
"mi Buenos Aires, querida...".

Entiendo que
de noche puedas atrapar,
tus peligros y delicias de la mano de la ley
y al revés (¿o no hay revés?);
sos "la reina" y por eso ya no hace falta virrey.

Y algo dormís (de 11 a 16),
para un par de horas más tarde explotar en un caos ya añejo
que empeora con el tiempo y ¡cuerpo a tierra!,
no me salvo ni abajo de ella,

sólo queda a salvo el cielo
y somos muchos mirando hacia arriba,
y nadie mira,
porque rápido la arena cae, y nos volverá a tapar
mañana...

Me diste un horizonte y se muy bien
que aquella idea en la playa no era lo fue.
Pero ya ves, llegó "la evolución"
y el más apto (otra vez) yo no soy.

Son tantas aquellas que viven en vos,
como un libro que siempre vuelve a empezar;
cada página una historia más
y ningún final (feliz);

así, yo vi muchas almas naufragar
y no quiero que mi balsa sea otra más.


Enfrento todo lo que has podido ser;
X: un número, una letra y una cruz,
incógnita imposible de resolver,
la matemática tan exacta no es.
Intensa como pocas, cambiaste de forma,
oscureciste por tu norte todo el sur.

Puede te extrañe, no lo niego,
actué en tu escenario más de una vez
rifando mi suerte en tus manos.
Ayer y nunca te olvidaré.

Si creés que enloquecí,
intentaré aclarar:
en el desorden siempre algún mensaje habrá.
Me tocará partir cuando exista el lugar
para cantar un nuevo sueño y no desafinar.
Reiré cuando recuerde que viví
entre tus brazos sin poder salir.

viernes, 15 de julio de 2011

Hoy

Otro colectivo volvió a interponerse en mi camino (camino literario, si se quiere - no se preocupen ni alegren, estoy entero, nadie me atropelló), así que sigo cortando lo que alguna vez arrancó. Igual.. si no hubiese puesto esto tampoco hubiese seguido porque tengo otra idea que me urge compartir más que aquella inicial aún interrumpida, todo esto gracias a Frank Zappa. Pero bueno. No quiero entretenerlos más, acá la cosa es que se aburran como usualmente con lo que dejo a continuación. Y si no se aburren, mejor. Me encanta (no) lograr mis objetivos.

Se llama 'Hoy', pero no lo escribí hoy, fue el martes. Dato anecdótico.

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Cualquier madrugada me pasa
que me acuesto cerca tuyo.
Sobre todo cuando vivo las mañanas subsiguientes,
entre los más estúpidos desvelos
o los reflexivos desayunos sin un diario.

Leo,
intento dormirme temprano cuando no hay más remedio,
en un raro experimento escribo por las mañanas,
trato de ser contra lo que quieren que sea (es complicado).
Los viernes voy a la radio,
pienso en vos (en el final) pensando en mi (quizás me escuches).

Fui al norte,
vi esa ventana de domingo
que deja ver un pedacito de una carta rota al reflejo del sol
mientras un perro ladra y una muñeca llora.
Encontré algo de tiempo.

Volví al invierno,
extraño el fútbol y las vacaciones.
Me alegran las meriendas, los mates que aún no tomé.
Nuevamente odio las bufandas
por el frío que tejieron sus manos.
Echo de menos las rutas, los trenes, las fechas.

Aún ansioso, ahora espero,
me muevo quieto
para que me salven las locuras,
los dibujos, las letras, un hechizo brujo,
lo desconocido,
el aura.
Hoy se me perdió el pasado.

miércoles, 6 de julio de 2011

De mis refranes

Sigue interrumpida la transmisión antes mencionada por problemas (no) técnicos. Por favor, (no) sepan disculpar las molestias (no) ocasionadas.

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Siempre me levanto tarde
(menos mal que soy ateo),
según de quién venga el caballo
los dientes puedo mirar.
Quien mucho abarca, mucho aprieta,
pero afloja siempre por miedo;
en casa de herrero, cuchillo de palo,
y en la del policía una 32.

No quiero un pájaro en mi mano,
prefiero verlos volando;
al mal tiempo, mala cara,
porque me escupió el asado.
Cuando hay hambre hay mil panes duros
¡esperá que llegue el blando!
Ojos que no ven, corazón que no siente
(y el que no siente nunca más verá).

Más vale fuerza que maña
si la maña no te alcanza;
muchas nueces y poco ruido,
dos veces murió el prevenido.
El tiempo todo no lo cura,
no le hace nada a la locura.
Si te gusta el durazno, bancá la pelusa..
y sino, aceptalo, no es para vos.

Flaca, si hoy no tenés ganas,
¡dejá eso para mañana!
Oídos necios encuentro siempre
a pesar de mis palabras,
yo nunca soy de decir poco
porque así mejor me entienden.
El que las hace, dicen, siempre las paga,
pero, si podés, mejor cobrale vos.

No siempre hago el bien,
pero sí miro a quién,
y si cierro la boca
la mosca zumba igual.
Mal de pocos, ¡consuelo!
Mal de muchos, real...
Mal andas, mal acabas,
pero siempre has de andar.

Una brisa chiquita sembré
y el rancho se inundó;
un tuerto esclavo soy
de este ciego patrón.
El pez por la boca no murió,
¡se murió por no hablar!
y eso que siempre le prometí:
contigo... pan y cebolla.

martes, 21 de junio de 2011

Calla

Interrumpimos la transmisión aún no iniciada del segundo capítulo de la breve (o quizás no, quién sabe) obra intitulada "Los imitadores" para traerles el siguiente poema (digamos), gentileza de la vorágine creativa (ponele) que atacó al autor en su retorno al hogar a bordo de la línea 71 en el día de la fecha. 
Asimismo, note la audiencia los pocos pero notables cambios en este humilde espacio, en relación a la gentil emisora radial de la cual formo parte oficialmente desde el pasado viernes, lo cual me obliga (casi) a comentar la buena nueva con un buen humor que no ha gobernado mi jornada, realmente, a excepción de un mail recibido que me arrancó un par de sonrisas y algún que otro nombre propio que por cuestiones que no vienen al caso no mencionaré.
Sin más, y agradeciendo primero al gaita Fary y su inseparable coequiper Sole por la oportunidad de sumarme al equipo radiofónico para compartir mis letras y algo más de mi locura, y luego a quienes gusten leerme (mención especial para Laira, que no parece cansarse o está resignada.. jaja), me despido dejando el siguiente coso a continuación, que espero sea de su agrado, y sino, francamente, mucho no me importa.

a te te e.,
El autor.

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Dime qué ojos me devoraron esa madrugada,
ese sol álgido servido en dos mitades,
estoico ante la noche anunciada,
decidido: ya desterrada del día.

Dime qué boca dejó de besarme en secreto,
rendida aún, la mía, ante ella.
Suplicaba la luna no la nuble el cielo,
rendida, la tuya, ante el miedo.

Dime qué manos durmieron junto a mi esa noche
atando las mías, helando mi sueño.
Nada era perfecto pero podía serlo:
temblaba una vida, mas no aún mi cuerpo.

Dime qué labios mintieron, hirientes,
a ese naciente mendigo de ayeres;
aún es inocente su ilusión reclusa
del olvido carcelero, también reincidente.

Dime qué alma, qué cuerpo, qué aliento,
dímelo a mi, por lo mío, mi anhelo.
O quizás, mejor, ya no digas nada: así
no eres tuya, ni puedes ser mía.

miércoles, 15 de junio de 2011

Los imitadores (parte I)


Tan de repente como ahora volví a andar en bicicleta (después de tanto tiempo), una semana me encontré hablando de 'la radio' con una.. digamos colega, y la siguiente salí al aire quién sabe para cuantos pocos, en el tren de un soñador como es uno. Quizás (casi) todos los viernes. Ya veremos.
Supongamos que esas son las novedades, que (no es novedad) a nadie le importan, o ya las conocerían.
Pasemos a lo que (tampoco) interesa, con el título arriba expuesto y la etiqueta otorgada, aunque sea medio una mezcla.. por ahora.

(bah, o por ahí sí).

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Nicasio se llama Nicasio, pero por obvias cuestiones lo llamaré Alejandro. Sea él el sujeto de pruebas N°1. Es una persona particular (como todas a quienes les escribo), tan auténtica como esta párrafo que finalizará en breve. Recuerdo haberlo visto pocas veces, y lo complejo que me fue comprender a tan aguda persona.
Reconozco que en un primer momento puede haberme sonado de manera agradable, pero luego eduqué el oído lo suficiente (todo el tiempo un poquito más), y para colmo, comprendí que “Philips” se escribía como acabo de hacerlo y no comenzando con la cuarta consonante. No hay en esto nada de malo, pues noto que habrá quienes necesiten tales productos, pero también entiendo que “nada malo” podría hallarse en un resfrío, considerando la gravedad de ciertos asuntos. Mas lo único indiscutible en esto es que por más conveniente que pudiese resultar, un virus enferma, y es en especial molesto.
Así, tenemos a este bicho de ciudad siempre arrinconado (vaya uno a saber por cuantos rincones) sin que ningún lugar sea suyo, salpicando una guitarra criolla como un cielorraso a medio terminar con un sonido comparable a lo que el blanco es al color. Y no se confunda: Alejandro jamás se calla.
Mencionaba su poca peligrosidad (no por esto hemos de menospreciarla) y su abultada capacidad para ser un estorbo, esa inquietud del ánimo tan poco práctica al momento de tomar decisiones de peso. Aquí radica la mayor amenaza; amigo de Dios y del Diablo (y bastardeado por ambos), suele ser esclavo de su propia estupidez como para lograr menoscabar los repentinos embates valerosos de algún alma inocente aún convencida de aquél inicio con la letra efe. Le teme a la esperanza y su desánimo es falso, sobreactuado, puramente patético. Un padecimiento moral absoluto.
Alejandro es tan poca cosa que necesita ser dos a la vez: víctima y victimario, no es ni un enemigo digno. Su mayor condena es su supuesta sinceridad, porque quien nada dice nada se adjudica, pero él corrompe el nombre del silencio arrojando sonidos imperceptibles, que aunque nada dejen como evidencia para el pasado, permiten que los detallistas como uno logren comprender su naturaleza. Se viste entre cadenas por no aceptar sus miserias, disfrazándolas de hazañas cotidianas de una multitud a la que no pertenece pero cuya comodidad no logra dejar de envidiar, generando uno de los rechazos más puros que pueden sentirse, que de tanta pureza es fácilmente transformable en lástima, el más indeseable de los sentimientos.
La maldad no se presenta en este espécimen simplemente por su completa nulidad. Sabe odiar (bueno, al menos démosle esta ventaja), pero jamás podría ser odiado. A veces está bien contar con Alejandro, pero pasado el umbral de la derrota de turno, debiera de ofrecer algo más, una risa, una idea, una propuesta, no una pena adolescente y la pérdida adrede de su diario íntimo. Eso es algo meramente fútil, sin siquiera la belleza poética de lo vano. Estos sujetos son despreciables por opción; incapaces de todo deseo, ni siquiera intentan masturbarse porque no reúnen el más mínimo residuo de la autosuficiencia. De elegancia inexistente, dueños de la más cruda y arrebatada tibieza, Alejandro, como uno de ellos, me genera la más simple definición de asco que pueda hallarse (y agradezco a quien corresponda la brevedad del término, pues no es merecedor de más de cuatro letras), oyéndolo en esa intermitencia burda farfullar ideales de los cuales no es merecedor ni por antagonismo. Sea por todo esto que tampoco obtenga un mejor final que el aquí presente.

domingo, 29 de mayo de 2011

El mensaje

Oí tu voz, de madrugada,
como una luz, dibujó una melodía
perdida en un piano
dos siglos atrás.

Tus dudas, quietas;
mis manos, frías.
La sangre viva,
en oleadas tristes,
premura joven
sin norte, ayer.

Confío en mis ojos
que ven los tuyos, aún aquí:
tu pelo suelto, el cuerpo hambriento,
mi aliento preso, la noche gris.

El tiempo incierto,
nublado el cielo,
claro el camino y puro el sentir:
cierto el destello,
lágrimas guías,
fulgor de abril.

La deuda impaga (por esta hora);
aguardo un beso, nada gentil.
Extraño todo lo que no tuve
y que no te di.

viernes, 13 de mayo de 2011

Continúa

Esto tendría que haber quedado posteado ayer como a las 2.30 am., pero bueno.. el compañero Blogger andaba con tos.

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A veces, creo que no veo.
Realmente me asusto mucho.
Parece que nadie me entiende
si hablo de la edad del tiempo,
del nombre del sol,
de la culpa del viento,
de una ilusión.
Salvo los ciegos.

Por momentos, siento que no escucho.
Y eso en verdad me incomoda.
Nadie comprende que mencione
el gusto de una melodía,
el ánimo de la lluvia,
el color de una risa,
una voz.
Tan sólo los sordos.

Ahora, ¿he perdido el habla?
Sería mi peor castigo.
No saben, no sienten, no creen,
en un amor sin un beso,
en la libertad entre rejas,
en madrugadas de 10 años,
en la palabra.
Excepto los mudos.

Que un ciego me ha visto,
que un sordo me ha oído,
que un mudo me ha hablado,
yo puedo decirlo;
porque aunque despierto
yo sigo soñando.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El malabarista

Podría haber puesto una "canción", pero no es el momento adecuado. Tampoco es adecuado el término "adecuado", pero... nada, no insistan.
También podría haber escrito algo supuestamente gracioso, pero no hice las cosas lo suficientemente bien en la semana. Sabrán disculpar. Lo que ven es lo que hay, y lo que hay, está acá abajo.

¡Saludous!

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            Con 15 años, no muchas cosas resultan sencillas. El regalo apenas ha sido descubierto, la envoltura (perfecta, arrugada o destruida) está al alcance de las manos, y resulta que uno ya debiera comenzar a idear qué camino trazar, hacia dónde, con qué sentido y amplitud… cuando, por supuesto, ni siquiera se está seguro de saber cómo se traza un camino. Para peor, el nombre ‘Ernesto’. Podría haber sido un Pablo, un trilladísimo Carlos a devenir indefectiblemente en ‘Carlitos’, un dicótomo Christian, pero no. Ernesto se llama Ernesto, y ni siquiera se imagina la posible importancia, en absoluto. Y ya en el colmo del asunto, él está seguro de nunca haberse propuesto ser un artista, ni siquiera lo ha imaginado (nunca tuvo el tiempo), pero allí está. Ernesto y el público. Ernesto, el malabarista.

            El pasillo es largo y nuestro protagonista no se halla ansioso. Lo que siente es miedo, fiel y absoluto miedo. Quizás también un poco de frío. Algún experimentado artista de vocación intentaría inclinarlo a disfrutar el momento, el aroma del silencio, la incertidumbre palpable y el maravilloso gusto del acto a realizar, del público expectante como piraña en pecera, pero aquí la situación es diferente. De hecho, ni siquiera hay silencio, y ha evitado tocar sus manos para no encontrarse con esa sensación extraordinariamente helada. El gusto ya se ha tornado demasiado rutinario para resultar agradable, y sí (aquí el supuesto consejero habría acertado), comparable a una piraña y su comúnmente ligado deseo de despedazar a su presa es la austeridad del público presente; escaso, comprensiblemente, por tratarse de la noche de un miércoles. 

            Algunos incluso no han pagado su entrada, adquirible por dos monedas (¡o con tarjeta!). ‘Total, podemos pasar gratis’, dirían, increpados al azar, mientras ignoran todo, ignoran saber, tanto como a Ernesto y su acto. He visto sobradas muestras de irrespetuosidad. Pacatos ellos, sumergidos en sí mismos, seguramente en músicas o incluso libros generalmente vacíos, en cuyas líneas no parece existir la posibilidad de decir ‘gracias’, o escuchar un aplauso. De encontrarme apresurado hasta los llamaría descartables. Fui testigo de aquél muchacho que presuntamente, estimo, habría observado atento el show, de principio a fin y con una digna sonrisa cansada en los labios, de no haber caído en la incómoda caricia del sueño inoportuno, mientras que a su lado una muchacha besaba a un celular. Me detuve en ella; la llamaré Aldana. Sus labios no son fucsias, aunque lucían aquél color, como el pañuelo que apresaba a su fino cuello, y las tiras de sus Adidas, algo gastadas. Los jeans figuraban brillantemente nuevos y estúpidamente rotos, por esa celeridad que no permite vivir la historia, llamada moda. Ray-Bans tornasolados, tan costosos (intuyo) como grandes, casi ocultando el piercing naranja que asomaba desde su ceja derecha (desde mi perspectiva, claro: procuraré no coincidir en nada con ella). El cabello apareció rojo y furioso, con una disciplina casi marcial, indudablemente trabajada, como la posición de sus numerosos anillos. Otros dos piercings intentaban no pasar al olvido, desde un costado de su pequeña nariz, y por debajo de su labio inferior, en la mitad exacta de su boca. Por último, un cinturón de tachas finalizaba la ornamenta, a riesgo de parecer una enorme pulsera confundida en una muñeca notablemente desproporcionada.

            Cuando terminé de observar a Aldana, Ernesto se encontraba ya en la mitad de su acto. Otra vez en la mitad, ese momento cumbre en el que – yo podía percibirlo – la mayor parte del público deseaba con brutal ahínco que su equilibrio en movimiento se desintegrase como lo común de sus vidas, como esa cruel tristeza que se apoderaba (a diario) del precario teatro. Pero, como si hiciera falta acrecentar las distancias y la envidia (también la percibía) aún más, Ernesto hizo un número perfecto. En una humildad natural, jamás decía palabra alguna, más allá de su breve autopresentación (el presupuesto no alcanzaba para animadores), y su poco más larga – pero sumamente cordial – despedida.

            Analicé hasta el final el acto, siguiendo a Aldana de reojo, y luego mirándola inconstantemente al tiempo que Ernesto comenzaba a retirarse de su escenario. Ella jamás me observó. Aseguro, con matemática exactitud, que no cruzó su mirada con la mía en ningún momento, a pesar de estar situada justo frente a mi, en todo el trayecto que los malabares del joven dibujaron en el aire, ese aire que tanto le falta a lo digital. Sí supo mirarme de reojo, cuando me levanté de mi asiento y me dirigí a la puerta de salida, quizás creyendo haber despertado mi interés. Me resulta ocurrente pensarlo, puesto que de haber sido así, cualquier registro de su persona se hubiese eliminado de mi mente tras ver el desprecio de su perfil frente a la boina de Ernesto, extendida, estéril, frente a ella. 

            Por suerte, supe encontrar un billete de dos pesos antes de bajarme en la estación Varela. Yo no se muy bien a qué iba donde iba, pero sí se a qué iba Ernesto, y hacia dónde: otra vez a repetir el acto, tragando un suspiro, al siguiente vagón.

lunes, 18 de abril de 2011

La actriz

Nada más que entre paréntesis, la RAE define lo siguiente:

misántropo, pa.
(Del gr. μισάνθρωπος).
1. m. y f. Persona que, por su humor tétrico, manifiesta aversión al trato humano.

(Qué loco).

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Cuando te propuse el juego, ni siquiera conseguiste oírme.
Hace un tiempo te ves ciega ya.
Finalmente has activado tus otros sentidos;
se te han secado los labios, los ojos,
la memoria y el futuro.
Pocas cosas han de hacerte feliz, o será que ya no comprendo:
tus viejos libros cada vez más apilados,
las sonrisas televisivas, presuntamente amigas,
algún beso mendigado a la cobardía.
Ni siquiera una golosina.
Tus bambalinas me incomodan, las veo ciertamente detestables,
brillantes y comunes;
como tu, pero sin tu encanto.
Si el juego ha pasado a los niveles de la apuesta, que así sea;
no me interesa mi espacio o acaso el cemento,
ni la amistad tan cercana a la muerte,
ninguna de todas mis certezas;
deseo sentirme inseguro, para estar seguro a tu lado.
Pero entonces, sí, que haya maestro y alumno;
completa la oración que yo escriba en la pizarra,
repitamos la lección cuantas veces me la pidas,
disfruta de las risas de cada escalón y recreo.
Mas no reclames, linda mía,
que comprenda esto que haces;
esta actuación, el perfil falso, las apariencias,
la afición por Babel,
tu reír al volver a tropezarte
(ya tendrías que atar esos cordones).
No pretendas progresar sólo en un punto,
porque allí nunca entran dos, ni en una recta;
así no serás feliz, yo lo sentencio:
no podrás arrepentirte, aunque amanezca,
y habrás errado
en la idea de amar siempre lo mismo
si tu opuesto te ha dañado.

domingo, 10 de abril de 2011

La selva en los callejones

aloH.
No se por qué se me da por aclarar que no es que voy a publicar un texto por mes o algo así, nomás se viene dando por cuestiones que no vienen al caso. Digo, por las dudas, nomás. No sea cosa que se piensen que.. eso.

Cuestión que anduve por el noroeste argento (de ahí la foto que puse y seguramente nadie verá) y me traje unas cuantas ideas que resumí todas un mismo día volviendo en una camionetita desde Cafayate, o por ahí desde Jujuy. Casi seguro que Cafayate. Tampoco importa el detalle. Algún día cobrarán vida y andarán por acá, supongo. Pero mientras tanto, siendo ya casi una semana desde que pegué la vuelta, me vi en casi la obligación de descomprimir un poco el cerebro con esto que voy a dejar ahora, antes de meterme con el resto. Así que, llevando por nombre eso que ven ahí arriba, acá va. Y ahí voy. ¡Salute!

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                Te  vuelvo a encontrar. Como hace ya 5 años, intervalo en el que las diferencias entre nosotros eran tan obvias e insalvables como hoy lo son los diferentes destilados para el paladar, vuelvo a la largada, lugar que intento abandonar (a diferencia de la eterna carrera) desde que escuché aquellos discursos, pero al que me confinan como perro rabioso, porque tengo que estar loco, porque planteo un equilibrio tal que desmorona ánimos ajenos llevándolos a la intensa frecuencia de la risa y el ridículo, del emético  rechazo por mi inmortal amada Inocencia y algún otro supuesto básico exclusivo.

                Qué le voy a hacer. Me niego a quitarle gravedad al asunto. Sin embargo, he aprendido a conformarme, porque llegué a comprender que la soledad kamikaze no lograría suplirme por completo, si bien sería una coronadora opción suicida el día que efectivamente abandonase mi cálida cápsula – como una mariposa, que sabe desde siempre que todo terminó –. Es por esto que puedo decir que se todo lo que necesito. Sobre todo, al estar tan expuesto al otro extremo, como un salvaje en cautiverio.

                Por ejemplo, hoy día alguien lo decretó como “sábado”, y entonces todas las luciérnagas salen a preparar el ambiente, mayormente maquilladas e intermitentes. Nadie sabe muy bien por qué, y con el correr de las décadas, cada vez interesa menos (la deforestación hace todo más confortable). La abogadita hoy recibió el título y estrenó ropa interior, no porque quiera que, tal vez, alguien se la elogie, pero es una muchacha sumamente precavida, y uno nunca sabe dónde lo pueden llevar unos besos (a la piel o a su perfume). El mecánico (su último error), que en realidad ni siquiera lo es de profesión pero se divierte vistiendo y alardeando como tal, ya eligió su mejor pantalón, lustró sus zapatillas hasta lograr ese brillo displicente y artificial, y partió con su camisa blanca (y su notable etiqueta) en busca de una niña que por lago quiera un vaso, y por luna un viejo tubo fluorescente. Del pasto, mejor ni hablemos; con suerte haya algún colchón. No obstante, la naturaleza estará presente, vigilando a quienes conformarán su próximo festín.

                Mientras tanto, yo sigo mezclando mis cartas (deteniéndome sólo para extender los brazos) y sin razón aparente te imagino llorando, nadando en una frustración que te ahoga, como quien se ve solo, aún con vida, en una trinchera plagada de cadáveres, viejos amigos de ojos nunca tan abiertos. Ya no importa la venganza ni la muerte, importa la inmediatez del miedo, y aunque todo vaya en una simple y recta dirección, no deja de verse como un laberinto intrincado y cruel en el que se tiene la aguda y desconsoladora certeza de no encontrar nunca jamás una mano no amiga, sino amada.

                Me da tanta pena que todo se encuentre así. De las tribus sólo quedamos algunos nativos sueltos; los territorios vírgenes parecen haberse vendido antes de siquiera poder volver a recordarlos, y los nuevos hábitats son lamentablemente tecnológicos. Podremos estar tristes, pero el vidrio aún nos resulta demasiado misterioso y dañino para comerlo con gusto. Por más que la felicidad se venda en los kioscos, preferimos quedarnos como estamos. Y no me animo a hablar por vos (aunque amaría recibir noticias), pero yo me siento un animal, un humano raramente humano que observa al resto regirse por deformadas versiones de aquellos duros pensamientos del filósofo alemán. No se muy bien qué hacer ya (ni quiero imaginar tu caso), más que seguir adaptándome entre lamentos, marcando perpetuamente mi territorio, defendiéndolo con gruñidos de aquellos que me miran tras las rejas y me ofrecen su comida prefabricada, “alegres” sin sentido (¡y gustosos de que sea así!). Me quedo quieto o doy algunas vueltas (sea cual sea el nombre del día o de la noche) y simplemente espero, mirando siempre al rincón desde el que sale el sol, el horizonte curvo que marcó a fuego y desde siempre lo que quiero, lo que espero encontrar sin tentarme a buscarlo, pues así lo habría perdido para siempre.

                Extraño lo que le quitaron a mi infancia, pero si no dejase de pensar en ello, los pocos lugares que conservamos se extinguirían para siempre, invadidos por esa suerte de bárbaros domados a analgésicos que ya quisieron conquistar tus ojos, a los que expulsaste a llanto limpio, consumiéndote la voz que tanto adoro escuchar. Yo tampoco pienso ser uno de ellos; ni una abogada ilusa ni un mecánico perfumado. Por eso sigo soñando con tomarte de la mano, y si acaso dejase de hacerlo, me llevaría a unos pocos amigos conmigo, o a decenas de imbéciles reemplazables que no cambiarían nunca la historia que nunca cambiará.

jueves, 24 de marzo de 2011

3 de corazones


Cuando Pablo despertó aquél martes de marzo, las dudas que se abrazaban en su cabeza le hicieron notar con gran rapidez que no era un día normal. Nada rutinario. El ventilador movía sus aspas a una velocidad mínima, francamente estúpida. Un derroche de electricidad, producto de una bobina que ya no quería otro verano más. De cualquier manera, no hacía calor. La sábana colgaba de un extremo, casi como gimiendo desde un precipicio, entre el colchón y la cama. La “funda”, como él siempre (y erróneamente) la llamaba, también se había desprendido de una esquina, y tenía más marcas y arrugas que sus propias manos, lo cual era mucho decir. Las cortinas, claro está, estaban cerradas al máximo posible, aunque se dejaban divisar algunas líneas de luz, impolutas. Pablo quiso adivinar la hora, pero al momento de corroborar su augurio, el envoltorio de un Mecano le impidió ver lo que marcaba su radio-reloj. Era curioso que un muchacho de más de 30 años nunca hubiese recibido o adquirido uno de esos famosos juguetes, pero sí había devorado la grandiosa golosina más de una centena de veces, de todas las formas posibles, sobre todo succionando el dulce de leche de su interior.

Algo andaba mal, pues como se mencionó, las sábanas estaban perfectamente desprolijas, desarregladas al extremo, y, claro, Pablo amaneció en soledad y cansado, por supuesto: note usted, amigo lector, que nunca dijimos que nuestro protagonista hubiese dormido, en algún momento.

Sin siquiera ánimos de desayunar (de cualquier manera, no debía ser hora de hacerlo, si es que acaso había una horario para ello), tomó un viejo anotador, algo menos manchado que la alfombra de su habitación pero sumamente amarillento, y comenzó a escribir, casi apurado, como si incluso tuviese una idea. Escribió un nombre, adustamente no antecedido por la palabra “querida”.

“Como odio a tu miedo. Ese imbécil lo arruinó todo. Convirtió la arena de nuestro castillo, de aquellas playas a las que nunca fuimos, en un pantano asfixiante, ciertamente pequeño, pero casi con la profundidad de un horizonte. Nos quitó todo: a mi, mayormente, la energía y la esperanza; a vos, por supuesto, el tiempo que creías prisionero (y con él, tu espacio). Te cedí el mío, resignado y triste, presa de un abandono, casi esclavo de una fidelidad animal, asquerosamente derrotado. No fue suficiente. Y terminó el tiempo de volver el tiempo atrás. Algún purista diría que se rompió una promesa. Yo… yo no sabría exactamente qué decir.”

Resultaron ser las 16 en punto cuando dudó acerca de firmar aquella carta. ¿Era eso lo que tenía que decir? ¿Era eso lo que quería decir? Y principalmente, ¿quería decir algo, o simplemente descargarse, gritar frente un espejo hasta quebrarlo con sus propias lágrimas? Tras una breve visita al baño que lo ayudó a despertarse, y apenas asomarse a su balcón por un ruido que llamó su atención, tomó la decisión, y, obligado, continuó escribiendo en una nueva hoja, al tiempo que se recostó sobre su cama.

“Como odio a tu miedo. Jamás lo he entendido, y no por no encontrarle una razón, sino justamente, por no comprenderla. Si te conozco bien (o, al menos, creo, ‘lo suficiente’), ¿cómo podría concebir tu comodidad en esa quietud recatada y sosa, como si acaso tu admirable rutina no fuese ya suficiente? Tiendo a suponerte confundida, como las mareas que no ven la luna: no es posible que te dañen de felicidad. Ya aprendiste a no dejarte engañar, ¡no vuelvas atrás, mujer! Vamos, si no te vi, pero te puedo ver… ¿recordás esos momentos en los que no sabés bien dónde meterte? Bueno, exactamente ahí, en esos instantes mortales, sentidos, patéticos pero enternecedores, podrías venir acá mismo, acá, apenitas a un costado, elegí el hueco que quieras. Pensalo bien, ¿a qué te hace acordar esa escena? No es sólo ese pequeño pañuelito garabateado en colores que termina devolviendo una sonrisa reluciente entre tus manos húmedas, tampoco simplemente ese cuadro amoroso y primordial, seno del descanso y del cariño que suceden al dolor, ni tantas otras estrellas de tu cielo. Justamente, es a tu esencia, a tu propia luz (y a su reflejo). No quieras estar sola… hay bien que dure cien años. Sólo hay que encontrarlo.”

Pablo despertó y ya eran casi las 20. Esta vez sí se había dormido, y el reloj ahora estaba a la vista, dando su beneplácito por la involuntaria siesta. Lloviznaba, como en el sueño que acababa de concluir, del que no recordaba demasiado. Se había hallado en una discusión acelerada, vertiginosa como viento de otoño, quizás con alguien, quizás con nadie, quizás con él. No logró rememorar el contenido, mas sí la conclusión del supuesto debate, así como su techo no comprendía el inicio de la lluvia, pero sí el rocío que lo bañaba. Y tal desenlace había sido su desagrado absoluto por ciertas mixturas, aquellas falsamente artísticas, justamente, por su ilegitimidad, esa nitidez adulterada de todo destilado barato, un maridaje propio del cobarde indeciso y remilgado que todo lo quiere, pero no por pasional ambición, sino por simple capricho. Indignado y algo aturdido, arrancó una nueva hoja de papel (la última, aseguró para sus adentros) y paseó, con dominantes nervios, la lapicera por el ámbar plano.

“Cómo odio a tu miedo. Sí, al tuyo por sobre todos. Ese par de ojos, hermosísimos pero tan asustados, me dan una amargura única, y un deseo casi prohibido, como inalcanzable. ¡Qué injusta has sido con el tiempo, y qué injusto fue aquél ciego infeliz! Si sos tan igual a mí a tu edad, tan pura y eterna desconfiada de esos híbridos innaturales, autómatas humanos de segunda, leyendo instrucciones de un manual en un idioma que, por suerte, ya olvidaste y nunca más entenderás. Pero, claro, lamento ver lo que te costó ese olvido. Siempre jugaste al ‘todo o nada’, y al no darme lo primero, invariablemente recibo un vacío… un vacío gentil y bonito, pero vacío al fin. Ya hace rato que no te animás. ¿A qué le vas a temer? ¿A los lustros de mi fortuna? ¿A lo que no está, lo que no fue? ¿Qué es lo que nos separa? ¿Un momento, nuestras marcas, aquella fecha, un hechizo, una canción? Si es un beso, dámelo (no me lo niegues). ¿Cuántos kilómetros hay en una tarde, en mil días, en una década, en dos vidas? Ya lo dije alguna vez: las distancias las decide uno.”

Cerca de las 22, el hambre golpeó la humanidad de Pablo. Mientras hervía un arroz, freía su cerebro sellando tres sobres, con una saliva casi áspera y una letra que, temblorosa, declaró los destinatarios.
 
Tras la cena, se durmió agotado y precipitadamente, casi tentando a su inconsciente. Y el anzuelo no falló: así, sobre un paño verde, reconoció sus manos, ocultando 4 naipes de notable antigüedad. Pidió una carta más, llegando entonces la quinta a su mano: el 3 de corazones, que también deslucido por el tiempo, mostraba a uno de ellos pálido, mustio, incompleto. Al bajar su juego, despertó; algo alocado, pero ciertamente repuesto. El reloj, nuevamente a su favor, marcaba las 10:05. Con la idea de desayunar en el camino, tomó sus cartas y partió al correo, decidido. Era una mañana fresca y ya no llovía. Y finalmente, tras doblar las mismas dos esquinas a la ida y a la vuelta, habiendo vuelto a su hogar, se lamentó no haber comprado otro Mecano, al tirar al cesto el bailarín envoltorio, junto a los restos de una carta que, despedazada, jamás envió.

viernes, 25 de febrero de 2011

Acá hubo un cuento. Después te explico.

(Note la audiencia el siguiente requerimiento: si va a leer, hágalo, pero cópese también con el autor, y cuando comente algo, elija un color de los mencionados en la historia. Tómelo como una pelotudez estadística, que no es más que eso. Y si no quiere, no comente nada, simplemente firme diciendo el color, y todos contentos. Caso contrario, usté' se lo pierde).

jueves, 27 de enero de 2011

El jardín

Tengo unas cuántas cosas para decir, pero por el momento, escribí esto. Así que mejor lo digo otro día.

No recuerdo cuánto tiempo he vivido
desde el día en que soñé con un jardín,
aunque se que aquella noche
uní a mi memoria el amor.
Aprendí durante años,
incesante e incansablemente
mi hoy trágica profesión de orfebre.
Trabajé hasta con hastío en un jarrón
perfecto, simple y curvilíneo,
exacto como el día en que conocí tu luz,
tu sombra.
Te imaginé por horas,
horas que fueron días,
días que fueron lentos,
dolorosos meses,
me descorazoné esperanzado.
Te viví recostada en mi sueño,
esmeralda, blanca y pura,
deslumbrando al mismo sol.
Brillaba en tus ojos, encandilándolo todo;
marqué tu tallo,
el barro aún fresco en mis manos,
mi lucha, tu inocencia, un ideal.
Aún sin colmena
logramos la miel más dulce,
siempre el aguijón en mi espalda
donde fue hundido con insidia.
Muté mi forma,
caí al vuelo,
busqué paz en algún campo abierto;
dudé en la tarde,
lloré en la noche,
recordé un día.
Te vi despierta,
quizás nunca habías dormido:
estabas limpia y segura.
El suelo escondía una vasija rota.
Huiste con miles en una fila infame,
siguiendo el rastro de un almíbar turbio,
miel, barro y sangre.
Te vi, altivo y olímpico,
mudando mi descuidado sueño:
la decepción de tu urgencia,
precipitada y ciega en un jardín sin flores.
Y eso fuiste,
de esmeralda, el simple verde,
elegiste ser el pasto, excesivo y generoso.
Y creciste, en tu deseo,
fue lo que tu quisiste,
has de saber que el color no es para siempre.
Y ahí estarás, como eterna, aún creciendo,
sin que a nadie fiel le importe
un jardín sin una flor.

sábado, 22 de enero de 2011

1, 2, 3, probandou.

Hola, mundo. Qué garrón volverte a ver!

Todavía no se cómo le gané a la paja para ponerme a hacer esto. Pero bueno.
Resulta que ahora tengo un blog.

Ya van a tener noticias mías.
Volveré y seré centavos.