lunes, 14 de mayo de 2012

Alegoría del caverna

Este se merece estar acá, aunque no sea reciente. Ya vendrán cosas nuevas, pero mientras tanto, "se conforman o se joden", como decía Aristóteles.

(Más que nunca, al Negro Fontanarrosa, perdón por tan poco).
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- La puta madre, qué calor que hace. Menos mal que vos tenés aire acondicionado acá.
- Igual no te hagás ilusiones que estoy en la terraza. Pero tengo un par de cervezas frías, ahí en la heladerita. Los rolitos de la Shell me salvaron.

Era domingo, pero un domingo atípico. Triste, casi un feriado. Luto nacional por la muerte de vaya uno a saber quién. Alguien importante; importante para toda la parcialidad no futbolera, claro, que tenía ganas de salir a saquear minimercados con tal de reinstaurar el orden del torneo barrial.

- ¿Me estás jodiendo? ¿Con este calor y en la terraza? ¿Para qué carajo te compraste un aire acondicionado?
- Ahora vas a ver, y vas a cerrar el culo. Vamos para arriba.
- Negro tenías que ser, no ves. Te compraste el aire porque te convenció la tele, como los cartoneros, ¿no viste? Empujan un carrito pero tienen celular. Dejame de joder.
- Ah, disculpame, porque vos sos un albino. Blanquito como Sting, pelotudo.
- ¿Cómo quién?
- ¿Vos sos boludo?
- Sí, pero además no se quién es ese. ¿Steen dijiste?
- Vamos para arriba…

El sol pegaba más fuerte que Perfumo en el área chica. Idénticamente. Te mataba, pero ni te dabas cuenta. Y después, más frío, puteabas hasta al más santo. Subieron los 12 escalones y ya transpiraban. Contra una esquina, un pedazo de lienzo viejo de unos 6 metros de largo por 3 de ancho, deshilachado en las puntas, se sostenía con 4 ladrillos huecos. No había viento, pero no fuese cosa que se moviese. El perro, compañero fiel, dormía en la esquina opuesta la misma siesta que medio barrio.

- ¿Qué estás haciendo, Lionel?
- Un disfraz para usar con tu vieja. Le gustó la fantasía medio romana, qué se yo. Es tan puta que no la entiendo.
- Jajaja, dale boludo.
- Una bandera para Marcelito.
- ¿Qué Marcelito?
- Tinelli, boludo. Con el programón que tiene…
- ¿Cómo?
- La concha de tu madre, Rubén.
- Gracias. Le mando tus saludos.
- Marcelito, boludo. ‘La sierra’. El 5 del Club.
- ¿¿El cavernícola ese??
- Sí.

Marcelito ‘La sierra’ Sánchez era el 5 del club del barrio, Maradonianos Unidos. Era famoso, odiado, amado y respetado por haber ido preso, él sí, realmente, por una patada en una gresca en la final del interbarrial del año 2000. Tampoco se sabía con precisión la cantidad de expulsiones que había sufrido en toda su carrera, pero los más vitalicios asumían que prácticamente jugaba domingo por medio. Un verdadero asesino dentro de las líneas de cal. Veterinario de profesión. Casado hace 9 años y contando, con 2 pibes, mellizos, que casi lo obligan a mudarse de barrio para ahorrar una moneda. Los amigos lo aguantaron, muchos quizás pensando en el futuro del Maradonianos Unidos, con los mellizos Sánchez plantados en un encarnizado e insensible doble 5.

- ¿Justo a él, con lo que pregona el Club? ¿Con el nombre que tenemos?
- Ah, porque el Diego nunca pegó una patada, dale…
- Bueno, pero no vas a comparar…
- Y no, ¿cómo voy a comparar a algún muerto de nuestro Club con el Diego, sos boludo?
- Bueno, pero por ahí era mejor un homenaje al Brujo, a Arielito. Es medio pachorriento, pero la mueve, la mueve mucho.
- Pero a Arielito cualquiera le hace una bandera. ‘La Sierra’ se la merece y yo nunca vi una. Y eso no puede ser, viejo. No puede ser.
- No se, yo se la haría a otro.
- Sí, bueno, vos también te comerías a un travesti.
- Andá a cagar, boludo.
- Dejame hacer la bandera en paz, querés. Si el Diego también pegaba.
- ¡Pero a él se la daban mucho más!
- Sí, bueno, a Monzón lo cagaban bien a trompadas, pero después te sacudía 2 veces y te dejaba vendiendo La Solidaria.
- Jajajaja, qué hijo de puta, mirá el chiste que hacés.
- Claro, ¿vos te cagás de risa y el hijo de puta soy yo?
- Jaja, tenés razón.
- Aparte sabés que es una joda, si mi primo vende La Solidaria.
- Cierto… ¿cómo anda el Titi? ¿Bien?
- Bien, ahí. Se maneja sólo. Y eso que la tiene jodida, eh. Pero se maneja sólo. Yo igual siempre que puedo lo voy a ver. Es un fenómeno, el Titi. ¡Lo que seguiría jugando de no ser por ese camión hijo de puta!
- Es verdad, ¡qué desastres hacía en el área ese loco! Una lástima. Pero bue, así y todo, por lo menos la sigue contando.
- Sí, sí, ni hablar.

Una de las cervezas ya era historia. No había pasado ni una hora, y el sol seguía rajando el techo. El perro seguía durmiendo. El aire seguía encendido, sin nadie que lo disfrute, colaborando como las cuotas al probable apagón nocturno por sobreconsumo. La bandera, al menos, iba más encaminada.

- Che, es con X, eh. Es ‘eXponente’.
- Dale, boludo.
- En serio, ignorante.
- No, te digo que dale, ¿no ves que lo puse a propósito? Es irónico, por lo bruto que es Marcelito en la cancha.
- Bruto sos vos, y encima un mentiroso de mierda. ¿Cuándo vas a terminar el secundario?
- Cuando de clases tu vieja, jaja.
- Jaja, qué pelotudo.
- ¿Jugamos un pool? La mesa sigue rota, pero más o menos tira. El calor me está matando.
- Sí, dale. Yo no doy más tampoco. Bajemos la cerveza que queda.

Rubén subió el historial de pool a su favor a 17. Llevaba la cuenta exacta. Lionel insistió en no convalidarlo por mojar el paño con cerveza, acción que le valió una catarata de insultos que despertaron al perro.

- Un carajo, son 17. Si querés te pago el arreglo de la mesa de una puta vez, o nos cagamos a trompadas. Pero son 17. Bancátela.
- Mirá que no te gustará perder que hasta pondrías toda esa guita, qué hijo de puta. Por orgulloso nomás te la voy a agarrar. Así te duele.
- Más te duele el culo a vos, ¡hijo!
- Jaja, encima es cierto. Ya lo voy a dar vuelta, por lejano que parezca. Todos los imperios se caen.
- Mejor andá dejando de fumar entonces, porque sino no te alcanzan los años, gil.
- Me hiciste acordar cuando Marcelo lo levantó en el aire al ‘Mago’ Moreno, ¿te acordás? ¿El 9 ese de Recolectores?
- Uhh, sí. ¿Cómo me voy a olvidar? La primer fractura expuesta que vi en mi vida. Nunca sentí tanto dolor en mi vida, ni con un pelotazo en los huevos. Cómo gritaba ese pibe…
- De no creer. Todavía no entiendo cómo lo rompió tanto.

Lionel recordó la anécdota por el orgullo inquebrantable de Rubén. Igualito al de ‘La Sierra’. Tenía tanta vergüenza después de ese partido que no volvió a jugar el resto del torneo. En realidad volvió a la mitad del siguiente, porque cuando había recuperado las ganas, todavía le quedaban 5 fechas de sanción por la infracción.

(Por favor, que no se malinterprete la vergüenza del mediocampista en cuestión. No era por la patada, ni por terminar con la prometedora (siempre barrial) carrera futbolística de aquél muchacho de apenas 22 años, sino por su desempeño ese día en la cancha. 5, cinco caños, ni más ni menos, le había hecho el Mago a Marcelito. 5. Y seguro hubiesen sido más, si no lo hachaba después del quinto. El pibe lo había vuelto loco. Lo peor es que no sintió remordimiento alguno ni siquiera al ver el hueso ahí, como listo para ser el banquete de algún perro callejero o algún desquiciado, como se rumoreaba de Aníbal, el dueño de la joyería de la esquina del Club. Para nada. Nervios de acero para esas cosas. Pero en cambio, para otras, las del corazón, las que calan hondo como traición de hermano, era un blando absoluto. Todavía hoy parecen resonar las paredes del bar ‘La Ojota’, con los gritos y los golpes de ‘La Sierra’ Sánchez: - Él se va a curar más rápido que yo. ¡A MI ME QUEBRÓ EL ORGULLO! ¡¡EL OR-GU-LLO!!).

- Es un estudioso, como Bielsa. ¿No viste que es casi médico?
- Estás loco.
- ¿Te pensás que eso no ayuda? Para mi que sabe dónde pegar, o que hueso es más frágil. Sino no me explico.
- Callate un poco, querés. Aparte es veterinario, no médico.
- Bueno, ¿pero no viste que había arrancado medicina? Creo que dejó en 2do. año.. algo así.
- Ah, no sabía. Mirá vos. Pero igual estás en pedo.
- Sí, yo hablé varias veces con Marcelito. Me lo cruzo en ‘La Ojota’ de vez en cuando. Igual la primera vez que hablé con él fue en ‘Paraíso’, el boliche ese que clausuraron.
- Uhh, ¡‘Paraíso’! ¿Pero pará, de qué año me hablás?
- Del 2000.
- Ah, claro. Todavía estaba.
- Sí, por eso. Bueno, y nada. Ahí hablé con él. Bah, él me habló a mi. ¿Nunca te conté?
- No, ni ahí. ¿Él te habló a vos? ¿Y qué te dijo?
- ‘HOOOOOOLA PRIMITOOOO’, me gritaba el trastornado. Me confundió con un primo. Encima creo que no tiene primos. Pero bueno, justo fue la noche que ganamos el interbarrial.
- Jajaja, qué borracho hijo de puta. ¿Y vos qué le dijiste?
- Nada, le seguí el carro. Si yo estaba peor que él, jaja.
- Así que también hizo medicina. Mirá vos. Yo igual no se si es cierto. Ese cavernícola, 2 carreras…
- Sí, es la posta. Aparte una la dejó. Me acuerdo que una vez lo hablé con Tito, además, que está metido en la Comisión.
- ¿Tito, en la Comisión? Dejate de joder. Vos te creés cualquier cosa.
- No, boludo. Si él arregló lo del yogurt.
- ¿Eh? ¿Qué yogurt?
- El sponsor de mierda ese que tenemos.
- Ahh, eso… ‘Yogurico’, jaja, sí. ¿Él consiguió eso?
- Más bien. ¿No viste que siempre tiene yogurt en la casa?
- Che, es cierto. Nunca me había puesto a pensar.
- Y bueno, ahí tenés.
- Hijo de puta. Nunca largó uno. ¿Se podrá conseguir algo?
- Ni idea, no creo. Si se debe encanutar todo él. Mejor largá algo vos, que tengo un hambre…
- Bueno, dale. Tengo algo para una picada. Destapá otra birra que yo voy armando todo y vamos para arriba. Ya bajó un poco el sol.

Era cierto, el sol ya había bajado. El barrio seguía muerto, de cualquier forma, como cualquier domingo sin fútbol. Se sentía ese vacío espiritual que no saben llenar los conductores domingueros, ni las chicharras, ni las radios con sus éxitos de estación. Ni el viento, ni los risueños chapuzones en las piletas vecinas, ni siquiera la más cruel tormenta llenaría con mil truenos la explosión de media cuadra gritando un gol, incluso sin ser al unísono, por los jubilados adelantados por la radio y los adolescentes tardíos de la señal digital por cable.

- ¿Te acordás de la revancha con Recolectores, lo que fue la previa?
- Uff, ni hablar. El miedo que tenían. Aunque los peruanos esos no se comieron los mocos, eh. Y eso que daba miedo, ‘La Sierra’.
- Yo me cagaría en las patas. ¿Cómo era que había dicho, el hijo de puta, con lo de las paredes?
- ¿Qué paredes?
- ¿No te acordás que todos hablaban de los peruanos esos porque tiraban paredes todo el partido? Si venían de golear a 2 seguidos, estaban más agrandados…
- ¡Ahh, sí, sí, tenés razón! Jaja, qué hijo de puta, este Marcelito. Siempre tenía alguna, qué cago de risa.
- ¿Te acordás? ¿Cómo había dicho?
- “Dejalos, que tiren paredes. Pero que tiren muchas y se armen un hospital, por cómo los voy a dejar si me hacen quedar parado…”.
- Jajajaja, un genio. Te das cuenta.

Y sí, era un genio. Para muchos era un genio, un exponente, para Lionel. Un ídolo. Un héroe, por aquella famosa intromisión que cortó el contraataque fatal por la punta izquierda dejando un peligroso pero finalmente intrascendente tiro libre desviado, desviadísimo por arriba del horizontal del arco local, y al puntapié siguiente el terminante pitido, ese que destruye una ilusión como una ola a un castillo de arena y sofoca cientos y cientos de gargantas como el sol más cruel, como la sed de mil desiertos. El mismo que en la otra vereda desata el fervor de un año nuevo en pleno Julio, el opaco color de las banderas jamás lavadas, el abrazo en comunión de 2, 3, 4 generaciones juntas, agrupadas en una pasión inexplicable, inentendible para lógicos y filósofos de grado, impensables en un bar más que por una mera obligación facultativa, o una improbable afición por la contaduría. Un disfrute y una pena original, no por irrepetible sino por primeriza, por la pureza de lo antiguo, de lo primario, de lo elemental. Ahí, en la quintaesencia del tiempo, habrá infiernos y habrá glorias, se oirán llantos y risas, vivas y mueras; estará la habilidad y la picardía, la magia de lo creativo y la violencia del pecado, Menotti, Bilardo, Giunta y Maradona; y el milagro será un caño, será un grito, una tribuna ensordeciendo la derrota de su equipo o el más vil de los insultos al que no lo entregue todo; lo será una curva matemática y exacta dibujada por un balón sobre 5 cabezas en fila y su fuerza inútil ante la inteligencia de la ejecución, lo será también ese cráneo perturbado por trabar de lleno ese disparo que inflaría, como el otro, aquella red: el hogar, el amor, los viejos.

El hombre mismo y su naturaleza maldita, ahí, en un juego también imperfecto, en busca, siempre, de su ambición.

martes, 17 de abril de 2012

Sos

Al menos esta vez los mosquitos del orto que no me dejaron dormir en paz sirvieron para algo.

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Mi mapa ha sido siempre el mismo
y ha cambiado,
pero los puntos siguen siendo extremos y cardinales.

En mi norte
fui una noche con luz propia
y robaron mis estrellas.

Recobraste mi brillo, anestesiando a la luna.

Así,
al oeste
te abracé;

luego,
al este
me diste tu mano.

Ya no importó la inútil brújula.

Encontré lo que siempre quise:
de tus rutas, saber cada secreto
y que sigan siendo un misterio.

Recordé, en lo austral,
la inocencia del otoño.
Pisamos montones de hojas juntos.

Me hablaste de respeto.

Rejuveneciste esquinas, lugares, placeres.
El pasado, el costado cruel del arte.
Sólo importaron las horas nuevas,
                    (las 5:53).
los nuevos paisajes,
que dibujes mis palabras:
las ventanas fueron cielos, aquél árbol, un anciano consejero,
ese perro, un amigo.

Un desierto alunado,
la gama seductora:
en el manantial de tu cuello
un cactus y un cerezo.

Salvamos nuestras almas.

jueves, 12 de abril de 2012

Los imitadores (parte II)

No es que estuve tanto sin escribir, pasa que mucho no vino acá, y el resto, bueno.. todo ha de escribirse (y terminarse de escribir) a su debido tiempo. Y a veces ese tiempo yo no lo conozco. Pero parece que el de este, terminó hoy.

Hace poco menos de un año, estaba lo que sería la primera parte de esto, que tiene que ver, pero igual son independientes uno de otro. O por ahí no, y no me di cuenta. Qué se yo.

Con el poder de síntesis que lo caracteriza, saluda atte.,
El autor.

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El sujeto de pruebas N°2 es, quizás, el más reciente. Lo analicé unos pocos días, y creo que casi logra engañarme como a una más de sus víctimas - mujeres todas ellas -. Quizás justamente por mi género es que no se propuso tal cosa conmigo, o tal vez (y esto es lo más probable) yo no di lugar al engaño, ni a la complicidad. Apodaré a este muchacho 'Carlitos', aunque (no estoy para nada seguro) su nombre sea Joaquín.

Carlitos ha de ser un agradecido al Cielo, o quizás al Infierno. A Dios, al Diablo, a la deidad que más le plazca (casi no conozco sus creencias), porque no sería nada -sí, lo triste también existe- sin los accidentes. Esos sucesos naturales (o, mayormente, antinaturales) que nos sorprenden y marcan como un camino a un mapa; esas ¿breves? historias que alguien ya ha escrito por nosotros (mal que nos pese) y con nuestra propia sangre, y que nos veremos obligados a leer incluso así el final de la misma sea su posible autor, la muerte. Y en dicho caso, tendremos algunas ventajas: primeramente, leer esa historia por primera y única vez (aunque esto puede evitarse con una dieta rica en lágrimas y grises, tales suministros suelen ser difíciles de conseguir). Y, en segundo lugar (esto también evitable abriendo bien los ojos para no mirar), estaremos a salvo de ser víctimas de esta basura.

Ciertamente nada tengo en contra de Joaquín, pero sus costumbres han llegado a molestarme. No directamente, claro, pero quien me conozca sabrá que es justamente esto lo que más me perturba. El dolor ajeno, la impotencia de ver una vida querida (amada) dejar de brillar, opacarse, por la traición de la propia memoria. No puedo juzgar a sus presas, y mucho menos a aquella que más ha dañado (como tantos, como todos, como ella misma lo hace ahora), pero sus hábitos entorpecen la posible (y tan difícil) aparición de aquél que aún pretenda encandilarse y obligarla a amar. Abrazarla hasta el llanto, pero el verdadero llanto: aquí no sirven las simples tormentas –por indomables que sean-, los rastros en el asfalto mojado, la mera humedad; todo esto son sólo escaparates de sujetos como Joaquín, escapismos, promesas no incumplidas pero olvidadas (y renovadas), simple búsqueda de anécdotas profundas, de la apariencia natural, como siempre que no se conoce la verdad. Hablo de lo real, del llanto no por el llanto mismo, sino por su pasado y su futuro, del sol inútil que mentía al cielo, de la falsa calma y la pávida tranquilidad que todo lo domina tras su paso, como esas bromas que jamás deben hacerse (las bromas están hechas de mentiras).

Sin embargo, medie el honor, debo aclarar dos elementos importantes:

El primero, Carlitos, es que yo podría estar en tu lugar, ser hoy el objeto (secundario) de las letras de otro, no lo niego. Sentir lo que vos estás sintiendo al leerme. Yo podría ser como vos. Pero me resistí. Lloré lo que no sabía cuando estaba bien no saberlo, temblando sin aire en mi antiguo colchón bajo la luz de un televisor amargo, cuadrado como mis límites que se deformaban como mi cuerpo (siempre bajo mi control), mi destino sirviéndome arcadas a las que me obligaron a volver, un piso de certezas derrumbadas bajo el siempre opresor techo de la oportunidad. En aquellos años, leía más que ahora (y ahora leo mucho). Hablaba mucho menos. Y así y todo, reconozco que mi infancia pudo tener la suerte de ser mucho más desintoxicada que la tuya. No lo se, ni me interesa, pues no te juzgo; sólo te describo. Tampoco te condeno, no es siquiera necesario: la psicología reza que probablemente, hayas sido tu propia víctima.

La siguiente aclaración, es que a este particular muchacho, si bien lo he incluido bajo el título de esta entrega, la palabra que mejor lo define no es “imitador”, sino “impostor”. Y esto no ocurre, como mayormente pasa, por un afán casi instintivo de transmitir y entregar lo falso, sino por la incapacidad adquirida de no poder ser nada genuino ya, nada más que eso. Un impostor, una nueva naturaleza, como un desierto quieto, delusorio, envolviendo sin esfuerzo alguno a la propia esencia, tan seca y diminuta que no logra salpicarse ni en los diluvios que tanto añora y corrompe.

En otra vida, una más triste y a tu altura, podría haberme sentado a tu mesa, o a la mía, donde fuere, y mirarte al escupir estas palabras en tu vaso hasta rebalsarlo. Tiñendo mi sonrisa de venganza hirviente, observando tu tablero quieto, tus manos trémulas por querer ahorcarme y conquistar el encanto del mutismo, y de lograrlo aún inconsciente sonreiría, sabiéndote infeliz y victorioso en lujuria plena con un silencio travestido que en plena faena tomaría mi voz y mi sosiego para despertarte de los sueños que ya no tenés, para encadenar tu imagen a un espejo que no muestra ni bellezas ni transformistas, sino tus manos escabrosas y torpes, sicalípticas, y la más infeliz desnudez rodeada de muñecas muertas. Y aunque soportaras el temblor y el espanto, en quien sabe qué esperanza de falso poeta, ya de nada te serviría. Puede no te conozca demasiado, pero sí a mi y a tus ataques. No son nuevos. Tu arrogante habilidad con los refranes quedará estéril: si quiero mi perro es verde, y acepté mi soledad de loco bueno (los malos, acompañados). Ante mi entendimiento, serías como… una marioneta sabinesca; yo no ignoro nada, mastico y digiero (y sin vomitar).

Joaquín “querido”, resultás aburrido a algunos ojos. Tus dotes de artista, ni los juzgo ni los conozco; una vez más, sólo describo. ¿Qué querías ser cuando fueses grande? ¿Músico? ¿Pintor? ¿Escritor? ¿Dibujante? Sin duda lo hubieses logrado. Pero por la crudeza de tus realidades (que me han contado), por la desidia y la incuria de tus acciones, por la degradación de un alma (o dos, pero la tuya poco me importa), por todo aquello es que comprendí tu muerte, tu evitable metamorfosis: reíste y reirías en mi cara ante mis ilusiones, ante la búsqueda de lo maravilloso, la inocencia casi absurda, esa que llamás ingenuidad. Y toda razón tendrías en hablarme de futuros, y derrotas, y “evoluciones” y revoluciones, y quizás (y de seguro) poco quede de mis sueños al leer la historia completa. Hasta casi paternal me dirías que no construya castillos en el aire, y con la misma inocencia de aquél que infirió de qué estaban hechas las bromas (Víctor, 3 años de edad), te repetiría tu consejo, el que no seguís. Porque la ilusión es la antesala de la realidad, la realidad sin ilusión no existe. Y lo malo de olvidar esto, es cuánto cuesta recordarlo.

En esencia (eso que perdiste), querríamos lo mismo. Pero vos disfrazás tus sentimientos con desenfreno, liviandades seniles que no te preocupa contagiar, el asco por tus emociones que ya no son genuinas y nunca –hace años- lo fueron, queriendo siempre lo mismo en la raíz misma de tu enfermedad, por más que te engañaras (y las engañaras): seguir enfermo. Eso te da renombre, una reputación y fama (no) apta para curiosas. Podés cambiar, pero ya no querés hacerlo. Por eso sos un impostor. Porque tus traiciones también se sublevan, y tu poca dignidad, sometida e ignorada como esos llantos que empeñaste, intenta gritar, aplastada, rota; de nuevo la lujuria para tu peor pesadilla de silencios. Y yo, con mi enfermedad en una mano pero también la cura en la opuesta, disfruto de mis cadenas. Me enfermo cuando quiero (y seguido). Saboreo cada gota de mi ilusoria realidad, la dicha inabarcable de ser el primero en ser el último, del pasado que ahora es mío y no lo fue, tu regocijo y tu tiempo que se terminan ya inútiles por incompletos, y tu asco que renace y te da miedo, ese miedo al miedo del suicida que necesita la mayor valentía para tomar la decisión más cobarde que existe.

Lo mío, como verás, son las sutilezas. Y también las pierdo cuando quiero.

Apagá el velador, Carlitos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Indelebles

El 20 de noviembre de 2004 fui a República Cromagnon. Tocaba Carajo. Con mis 17 años todavía me gustaba lo que hacían, y el primero había sido un discazo. Además, nunca los había visto aún. Me daba paja irme hasta Once, pero algo ubicaba, así que arrancamos con 2 amigos.

No me acuerdo mucho del show ya. Se que al final revolearon rollos de papel higiénico con 'Sacate la mierda'. Que salí lleno de moretones en la espalda y al otro día mi vieja no entendía por qué. Recuerdo que, muerto de calor, me había ido para atrás, a una barra, y estaba el boludo de Olmedo, seguramente cubriendo para la Rock&Pop, porque Carajo venía en pleno ascenso. También me acuerdo que las escaleras estaban hasta la manija de gente y que me había gustado mucho el lugar, 'es lejos pero da para volver', habría dicho.

También me acuerdo que me pareció una pelotudez que alguien prendiese una bengala ahí. No daba. No había mirado el techo ni un carajo, pero no importa. No daba. Como tampoco me parecía que diese en el Luna, ni en Obras, ni en cualquier otro lugar cerrado de los que conocía/conozco.

Y, claro, esto no puedo recordarlo porque jamás lo pensé ahí, en ese momento, pero 40 días después, supe que no me había muerto de pedo.


Esto lo escribí en algún momento del 2005, parece mentira que haya sido ya hace 7 años; y aún hoy parece mentira que haya pasado lo que pasó, parece mentira que la justicia siga sin aparecer, parece mentira que la gran mayoría no haya aprendido un carajo...

...y pensando en esto último, no, no parece mentira una mierda. Es parte de lo que lamentablemente somos.

Hoy le cambiaría unas cuantas cosas, pero bueno, hoy tengo 7 años más. En su momento salió así, así que así va. El título es el de allá arriba.

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¡Exclusivo! Me sacaste el sueño
en la misma noche que mueren los sueños,
en la misma noche que nacen los sueños;
en la misma noche, el humo lo nubló..

No compartía todo, compartía el hecho,
(pude haber estado en el mismo lecho);
pude haber perdido muchos buenos ecos,
como esas copas que la noche quebró.

¡Brindo por todos ellos que hoy no pueden brindar;
realmente estoy muy mal, pero al menos puedo estar!
(¡mal de muchos, consuelo de tontos!).
Pero sigo sin entender...
¡No! ¡No! Nunca voy a entender...
Nada tiene que ser así,
nadie puede quererlo así.
No podemos los ojos cerrar,
la memoria no perecerá...

Esto nunca va a tener final
porque nunca debió empezar.
En una sola escena ves morir amor,
ves morir pasión, odio y corazón.

Construyen un santuario (desesperación),
cambian nombres y leyes (cierran el cajón);
olvídense, tan simple; ha de ser imposible
que la injusticia sonría mientras suene el rock.

¡Brindo por todos ellos que hoy no pueden brindar;
realmente estoy muy mal, pero al menos puedo estar!
(¡mal de muchos, consuelo de tontos!).
Pero sigo sin entender.. .
¡No! ¡No! Nunca voy a entender...
Nada tiene que ser así,
nadie puede quererlo así,
no podemos los ojos cerrar,
La memoria no perecerá...

Esas pobres almas pedían a gritos libertad.

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Brindo por los 194 pibes, los cientos de heridos, los que todavía hoy la reman por haber sobrevivido a semejante tragedia... y porque no pase nunca más.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Efigie (LIII)

Mirá cuánto tiempo sin postear nada el pibe este. Qué desubicado.
Ya le voy a dar forma a eso que estoy escribiendo que no es esto que escribí ayer, y van a ver. Van a ver.
O no.

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Una sombra moldeada,
desnuda,
acorde,
imperfecta.

Un sendero cubierto
de fuego,
ilusiones
de lluvia.

Dos estrellas se encienden,
se nublan,
me ciegan,
me inundan.

La figura de una voz
me llama,
entero
me posee.

Un cielo ondulado
todo cubre,
todo atrae,
con su aroma.

Dos rutas se enfrentan,
me quieren,
completo
me rodean.

Dos destinos nacen,
pelean,
se unen
y mandan.

Vulgar y sin culpa
las veo:
2 fuentes de vida,
mi sed les entrego.

Un
parque
de
diversiones.

Bifurco, de nuevo,
mi vida:
2 raíces
del árbol más bello;

trepo hasta su copa
y el lujo:
su fruto,
llamado deseo.

Detrás,
pasado ya no veo:
la curva
de un valle, perfecta.

En él yo me quedo;
jugando
me duermo
en tu sueño.

(mi vida).

lunes, 24 de octubre de 2011

María Soledad

Pameo/meopa encontrado entre el fin del 23/10 y el comienzo del día siguiente, claro.

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María Soledad es una invención mía
que jamás pude recordar.
Nunca logré entender lo que decía al hablarme
(en mi vida la oí),
así como me resulta imposible explicarles
si era una simple (¡jamás!) mujer con dos caras o,
de tal forma,
una moneda demasiado perfecta para ser gastada,
acuñada en mil noches de sol y hastío
como el lema más bienquisto y perenne 
del peor de los otoños.

María se volvió una asesina y Soledad no se anima a matar.
Entre ambas sedujeron a los diablos más pobres
que alguna vez pisaron la tierra
(y mordieron el polvo).
Javier deseó a María sin saberlo años antes de conocerla,
sin siquiera ser capaz de soñar con ella.
Soledad devoró su inocencia en tres bellos actos
y sobre su ilusión cadáver se notaba la cruz
que tallaron en su espalda.
Una de ellas (adivinen cual)
supo ver muerta a la muerte,
conoció todas sus caras e intentó morir,
estúpida y naturalmente.
Vivió lapidariamente hasta encontrar su lugar en el mundo.
Su amiga besó a un imbécil antes del amor,
su amor hizo lo mismo antes de conocerla.

La mayor de ellas tiene miedo,
la restante no lo sabe,
y ella, única e indivisa,
podría deshacerme instintivamente,
como el agua forma el barro con su canto,
y ese canto hiere al cielo, en silencio,
el silencio que, otra vez, ella, me dijo
cuando sus ojos lo vieron, a él, en llanto,
ahogándome a mi, y sus ojos secos.

Soledad está conmigo, ahora lo saben,
pues María nunca me ha abandonado.
No ha vuelto a tener ella una Navidad buena,
ni la voy a tener yo, quizás, en años.
Por esa cama que él dejó ausente, ese segundo injusto,
injusto el tiempo, la vida y todos:
el amigo perdido y su mutismo que me atormenta,
un regalo exquisito, puro, su alma envuelta en un árbol blanco
al que el invierno desnudó de color para que luego la primavera,
el fin de la última primavera
lo arrancara de raíz para esconderlo, deshonrarlo,
mutarlo hacia otra especie.
Un alma, un árbol, madera para un sólo lápiz
con el que hoy ella escribe su historia.

En su ausencia,
en silencio,
María Soledad.

martes, 18 de octubre de 2011

El menú

Les tararearía la melodía, pero no está buena, y además no se entendería.
(breve oración consecuencia de mis ganas de escribir "tararearía", que me parece una palabra genial).

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Hoy quisiera un consejo, o quizás dos
(así al fin tenés para elegir).
Miro el menú y ya te pido el postre, para empezar,
total, ya pasó la hora de cenar.

El primer plato era tentador, casi me engañó
(esa noche lo pude probar),
volvió a las manos de aquél cocinero, el peor gourmet
que con minutas se sabe arreglar.

Sí, vos sabés
que si hay apuro y vendés tu tiempo,
el reloj no te va a ayudar.

El principal resultó estar frío, ¿podés creer?
No importó cuanto lo quería comer.
No soy un tipo hábil en la cocina, no se muy bien
como tomar del mango la sartén.

Sin embargo yo preparé la mesa, hallé el lugar,
hasta tomamos vino del mejor,
pero parece que se me hizo tarde, o se arrepintió,
o se perdió al pasarme a buscar.

¿O no sabés
que si los ojos no rompen la foto
entera siempre la verás?

Al fin llegó lo que a mi más me gusta, se hizo esperar,
no es nada especial la presentación.
Le pregunto entonces a usted, mi linda cuisinière,
si el secreto va estar en el sabor.

Tan dulce que tendría que estar prohibido,
tan oscuro que apenas puedo ver.
Cierro los ojos y disfruto todo en mi paladar
y pido repetir sin siquiera mi boca limpiar.

Porque sabés
que no tiene caso marcar las cartas
en la belleza del azar.